lunes, 21 de abril de 2014

Honor al Rey del Brillo





















Limpiabotas santaclareño.



Cheo, Careto, Jesús son tres hombres entre tantos que en algún momento de sus vidas tuvieron el cajón de limpia botas como oficio. Cheo es el padre de dos de mis condiscípulos en la época de la infancia a la adolescencia. Juntos transitamos por la enseñanza primaria-secundaria. Ahora Pillo tiene una vasta carrera como anestesista tanto en Cuba como en los diversos países donde ha prestado su ayuda solidaria y Yoyi se desempeña como profesor de educación física, licenciatura que estudió en el Instituto Superior Manuel Fajardo del INDER. Seguro estoy que Cheo sintió orgullo de ambos.
Careto simultaneaba su labor en el central Rubén Martínez Villena  con la de ilustrador de calzado, en los portales de los bares y cafeterías que rodeaban la plaza principal de su pueblo natal. A su hijo me lo encontré hace unos años cerca de Las Coloradas en la provincia Granma cuando formando parte de uno de los batallones de las MTT hicieron la caminata desde occidente hasta oriente. El también, siguiendo el camino de su padre, aprendió el oficio de azucarero y, desde la parte industrial, se mezcló con el olor a guarapo y melado.
Jesús era cortador en una fábrica textil en el barrio de Jesús María. Desde temprano en la mañana manipulaba la máquina cortadora por las diferentes plantillas guías que trazaban los moldes. Al concluir esta labor, siempre venía impecablemente vestido hasta los bajos del edificio, donde por muchos años vivió su familia, en la misma barriada. En un resguardo debajo de la escalera, estaban todos los implementos para emprender desde media tarde hasta entrada la noche, su otro oficio. Cambio de vestuario y enseguida le llovían los pares de zapatos  de todo tipo, incluyendo los blancos que requerían una labor más esmerada con la tinta Griffin.
Cómo voy a olvidar a Nanino y Pupi con su cajoncito a cuestas, caminando el parque central de mi pueblo natal, junto a la iglesia y glorieta, tratando de que alguien los llamara para ilustrar su calzado y ganarse primero cinco centavos y años después diez. Eran tiempos en que muchos utilizaban los pantalones mecánicos con parches en las asentaderas y en las rodillas, así como abundaban quienes no se quitaban las alpargatas porque eran más baratas y había que dejar para los tres kilos de azúcar y los dos kilos de café.
Ser limpiabotas fue un oficio digno que quienes lo ejercieron por años por no tener acceso a otra fuente de empleo o para sacar el sustento familiar, supieron impregnar su estilo en cualquier época.
Desde mediados del pasado Siglo, los avances en la industria del caucho, del plástico, de las telas sintéticas y de los adhesivos industriales han permitido a los fabricantes crear zapatos que se distinguen considerablemente de las técnicas tradicionales de elaboración. El cuero, que había sido el principal material de elaboración, hoy se usa generalmente para elaborar zapatos caros, mientras que el zapato deportivo no lleva cuero real. Los zapatos de vestir de calidad, se siguen haciendo cosidos a mano y utilizando el cuero como material principal.
Cuba siempre se caracterizó por elaborar un calzado de piel de buena calidad, incluso hasta se exportaba. Hoy en día cuesta trabajo encontrar en alguna peletería un calzado de pura piel y de buena calidad. Muchas marcas y tipos, pero al final se despegan rápidamente y si los dejas de usar por algún tiempo, cuando los activas comienza a descascararse lo sintético.
Por suerte aún se produce calzado de calidad por los artesanos quienes con diversidad de modelos y tipos, pegados y cocidos, dan muestras de que aún existe la industria cubana aunque sea artesanal y los precios no estén al alcance de un trabajador medio.
Pero que trabajo cuesta, por todas estas mismas razones, encontrar un cajón de limpiabotas en esta gigantesca Habana, donde a golpe de betún, algo de alcohol, agua, cepillo y paño la piel de nuestro calzado brille como charol. Honor al Rey del Brillo.








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