jueves, 11 de junio de 2015

Soñar no cuesta nada

La lluvia es perenne. La humedad es constante. El día se despeja por horas, pero en segundos la bruma viene desde los terrenos bajos y se va apoderando de todo. Es como si tuviéramos un lugar en el cielo. Nada se detiene.
Al amanecer mi fiel compañera se vuelve remolona y no responde a la acción del obturador. El paisaje es único. Entre la neblina se va dibujando la figura de Isabel seguida de su pequeño hijo, quien diariamente asciende el empinado cerro, por angostos trillos, para ir en busca de la vaca que le garantiza la leche. Sus manos son diestras a la hora de extraer el preciado alimento.
Cuando aún la Luna no ha cedido su estrado al Astro Rey, ya las llamas del fogón de Angélica nos esperan con un buen tinto acabadito de colar. Con lluvia o sin ella la vida no se detiene. El principal medio de transporte es el mulo o caballo, aunque por los caminos pedregosos los más jóvenes circulan, a velocidades insospechables, encima de sus modernas motos Yamaha o Hondas.
Deisy, la maestra del aula multigrado de la escuela rural, siempre llega cabalgando su corcel, escoltada de su pequeño Juan José,  para cada nueva jornada educativa con sus alumnos. El balón de fútbol, por cualquier rincón, siempre se encarga de los ratos de esparcimiento.
Es la época del desarrollo tecnológico y por estas alturas es normal encontrarse manos manipulando un celular androide o con vestuario típico de la zona empuñar un tablets último modelo. Pero también se escuchan anécdotas de desalojo, explotación, violencia.
A medida que me adentro en el mundo de la comarca descubro gentes maravillosas. Don Bernardo, tanto encima de su mulo o caminando enfundado en sus botas de caucho por atajos inhóspitos, machetín a la cintura y cobijado debajo de su sombrero de paño, recordando los orígenes.
Camilo y Adrián, jóvenes ellos, imprescindibles a la hora de hacer camino al andar por estas elevaciones que al enfrentarlas ponen a prueba la preparación física, aumentan considerablemente la “sinfonía” del ritmo cardiaco y nos ratifican el  precepto martiano de que subir montañas hermana hombres.
Cuando reposo mi cabeza en la almohada cada noche, hay un pensamiento para aquellos que en breve tiempo supieron agenciarse la amistad de quien escribe estas letras, porque cuando les mira a los ojos a mujeres, niños y hombres de estas montañas está convencido de que pueden alcanzar sus utopías.