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martes, 25 de octubre de 2016

Fantasmas que perduran.
























Hay fantasmas que perduran. Unos por la huella a su paso por nuestras vidas, otros por momentos vividos difícil de olvidar a pesar del tiempo. Mi padre contaba que cuando el paso del ciclón de 1926 por La Habana ya había nacido y recordaba todo lo que en su momento le narraba mi abuela María de aquellos inolvidables instantes vividos con penurias.
Por suerte en la actualidad, desde muy temprano, se comienza a informar a la población del peligro que nos avizora. Las medidas se extreman y lo más importante para todos es conservar la vida.
Matthew nos golpeó fuerte por el oriente, principalmente por Baracoa y Maisi, en poco tiempo familias perdieron lo que habían cosechado por años tanto en el ámbito familiar como su entorno. Muy similar a terrenos bombardeados. Casas sin techos, pertenencias rescatadas muy distantes de los lugares de orígenes, los árboles arrancados de raíz, palmares en montañas que parecen alfileres prendidos.
Aunque el factor psicológico afecta a todos, los más pequeños son los que cargaran por años con ellos y quienes contarán a las nuevas generaciones lo que le hizo este huracán a su casa, a la escuela donde estudiaba, al poblado donde vivía.
En el reparto Turey, en Baracoa, Diolvis Antonio Pérez Borges y su amiguito Dayron Alejandro Cueto Cobas de 11 y 9 años respectivamente, recolectaron unos pedazos de poli espuma del falso techo de un punto de venta cercano a sus casas, el cual fue devastado por Matthew y lo primero que se les ocurrió fue construir con ellos unos pequeños barquitos que, en el estanque, para ellos eran grandes buques. Así pasaban el tiempo mientras a su alrededor caravanas de linieros y combatientes de las FAR, con moto sierras en mano, se encargaban de las labores de la recuperación.
José Vega, a pesar de sus años, en La Asunción, por la carretera de Masi, después de recolectar algunas tablas tras el paso del fenómeno climático, de inmediato se dispuso a levantar un ranchito.
José Ramón Massanet Pons y Sora Fernández Matos cuando los conocí, ambos estaban en su cuarto, tratando de acotejar algunas de sus propiedades. El techo, no se sabe a dónde fue a parar. En la pared un cuadro de Jesús y un crucifijo metálico. En los cincuenta años que llevan viviendo en el caserío de Veril, en Maisí, nunca habían visto nada igual.
A Bella Lidia Cuadro Matos los fuertes vientos la sorprendieron junto a su hermana enferma en Baracoa. Allí sintió y vio las primeras secuelas del paso del huracán. Pasaron varios días para poder retornar a su casa en el caserío de Veril. No había forma de retornar, la carretera estaba obstruida.
A ella la encontramos en plena carretera tratando de llegar “como pueda” a su casa. Los hijos se habían quedado a cargo de su custodia. Una conocida que se cruzó en el camino le dijo que su casa estaba toda en el suelo.
El corazón latía más rápido que de costumbre a medida que disminuía la distancia. Una pertinaz lluvia volvió a humedecer la tierra roja. “Esa que estaba allí era mi casa” nos dijo señalando con el índice en dirección a lo que quedaba de su hogar de madera.
Su hijo la abrazó fuerte, muy fuerte y dijo en su oído “esto fue lo que quedó de la casa” y ella preguntó por la máquina de coser y “la desbarató” fue la respuesta. Solo quedó intacto su diploma como delegada a dos congresos de los CDR, una foto del general presidente y un mono de peluche.
Los pies de Bella recorrieron cada pedacito de lo que fue su casa. Sus ojos brillaban a punto de dejar partir una lágrima. Su mirada pasó en un rápido paneo por algunos calderos y jarros apilados, lo que fue un sofá y una de las camas del primer cuarto que como “sobre cama” tenía una teja de fibrocemento. “Estamos vivos, nos levantaremos” apenas susurró.


jueves, 13 de octubre de 2016

Matthew en Baracoa
























En junio del presente vi una Baracoa inmersa en los preparativos del 505 aniversario de su fundación. Linda, colmada de turistas y originarios, con ríos cargados de veraneantes refrescando ante tanto calor. Cuatro meses después, la realidad es bien distinta. La naturaleza arremetió contra la tierra oriental y esta es la huella que dejó Matthew a su paso. No hay árbol con hojas y muchos sacados de raíz por la fuerza de los vientos, miles de viviendas destruidas totalmente y las que quedaron en pie sin techo. El Estado cubano desde antes del paso de tan devastador huracán ya enviaba por carretera desde occidente hacia el oriente las rastras con postes, transformadores eléctricos, tejas, colchones, así como las caravanas de los experimentados linieros y de ETECSA para restablecer lo antes posible la vitalidad. Toda Cuba está en Guantánamo.













viernes, 26 de octubre de 2012

CANTO POR EL COBRE
























Desastroso. Lo nunca visto. Peor que el Flora. Años de esfuerzos se han ido en minutos. Estas son algunas de las frases que le he escuchado a mis amistades a pocas horas de sufrir los embates del huracán Sandy por Santiago de Cuba. Golpeó duro la región. Se me antoja pensar en los recuerdos de mi último viaje,  por esas tierras, en especial por El Cobre. Allí observé un pueblo próspero, alegre, de un constante ir y venir, con bastante mejorías en la construcción y reparación de las viviendas, muchas que conocí hace años de madera, ahora son de ladrillos o bloque y con techos de fibrocen. Los fuertes vientos de éste huracán de categoría dos se encargó de cambiar esta imagen. Por esas razones me aferro a mis recuerdos de mediado de año, cuando una brisa mezclada por el sonido de un son montuno nos ayudaba a mitigar el fuerte calor veraniego. Una y otra vez se escuchaba a lo lejos las notas de una guitarra eléctrica, la percusión de unas pailas, el chasquido del güiro, el compás de las tumbadoras y las maracas que junto a las voces de los cantantes buscaban el ritmo. Me dejé llevar por la curiosidad y encantado por ella, tal como hacemos cuando de alguna cocina hogareña se desprende un rico olor, fui a su encuentro. Hasta lo alto de la casa de cultura comunitaria llegué. Allí, en una pequeña habitación escoltada por grandes ventanales, donde se ubicaban las bocinas que expandían la música, estaban los protagonistas. Hombres de pueblo, humildes, trabajadores, de manos que los identifican con trabajos rudos, otro con el uniforme de custodio y hasta el propio barbero del pueblo. Forman un grupo que lleva por nombre Conjunto Típico La Razón y lo integra Reynaldo Rodríguez Rodríguez, jubilado del MININT en el güiro; Enrique Senut Rodríguez, barbero, en las maracas; Geovani Senut Quiala, trabajador de comunales en las tumbadoras; Ismael Lardue Antomarchi, trabajador particular en las pailas; Benito Alarcón Martínez, cuenta propista, en el bajo; Jesús Ramón Díaz Fernández, trabajador de la mina de oro, en el tres; Eugedi López Bonne, cuenta propista; Aris López Vicente, agente de seguridad y Ángel Beltrán Cadet, trabajador de viales; los tres en las voces. Estos aficionados a la música son conocidos en las fiestas y carnavales de esta comunidad y sus alrededores. Por estos días su música será otra. La recuperación y eliminación de las consecuencias dejadas por Sandy a su paso. Todo será un canto por El Cobre.