Las arterias de acceso a la Plaza de la Revolución están
colmadas desde las primeras horas de la madrugada. Cada minuto transcurrido se
vuelve compacta la multitud. Reyna la alegría, las pancartas con las consignas
revolucionarias en apoyo a la Revolución y al legado de Fidel. Por cada rincón
de la marcha se siente, Fidel está presente. La cubanía se desborda. La bandera
cubana es enarbolada por los brazos del pueblo. Una vez más pienso en cuanto
nos quieren manipular y dirán que estamos obligados. No soportan la fortaleza
de los cubanos a pesar de los problemas que en la vida cotidiana afrontamos al
querer ser más prósperos en nuestro futuro. Hay quien se presta para empañar el
momento. Breves minutos bastaron para neutralizar sus propósitos. Los acordes
de la banda gigante se dejan escuchar por toda la Plaza de la Revolución.
También caló la corneta china que con golpe de una buena conga cubana puso arroyar
a mujeres y hombres; niños, jóvenes y viejos; civiles y militares; amigos de
diferentes latitudes. En Cuba se festejó el Día del Trabajador.
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martes, 2 de mayo de 2017
Esta es mi Cuba
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martes, 25 de octubre de 2016
Fantasmas que perduran.
Hay fantasmas que perduran.
Unos por la huella a su paso por nuestras vidas, otros por momentos vividos difícil
de olvidar a pesar del tiempo. Mi padre contaba que cuando el paso del ciclón
de 1926 por La Habana ya había nacido y recordaba todo lo que en su momento le
narraba mi abuela María de aquellos inolvidables instantes vividos con penurias.
Por suerte en la actualidad,
desde muy temprano, se comienza a informar a la población del peligro que nos avizora.
Las medidas se extreman y lo más importante para todos es conservar la vida.
Matthew nos golpeó fuerte
por el oriente, principalmente por Baracoa y Maisi, en poco tiempo familias
perdieron lo que habían cosechado por años tanto en el ámbito familiar como su
entorno. Muy similar a terrenos bombardeados. Casas sin techos, pertenencias
rescatadas muy distantes de los lugares de orígenes, los árboles arrancados de raíz,
palmares en montañas que parecen alfileres prendidos.
Aunque el factor psicológico
afecta a todos, los más pequeños son los que cargaran por años con ellos y
quienes contarán a las nuevas generaciones lo que le hizo este huracán a su
casa, a la escuela donde estudiaba, al poblado donde vivía.
En el reparto Turey, en
Baracoa, Diolvis Antonio Pérez Borges y su amiguito Dayron Alejandro Cueto
Cobas de 11 y 9 años respectivamente, recolectaron unos pedazos de poli espuma
del falso techo de un punto de venta cercano a sus casas, el cual fue devastado
por Matthew y lo primero que se les ocurrió fue construir con ellos unos
pequeños barquitos que, en el estanque, para ellos eran grandes buques. Así
pasaban el tiempo mientras a su alrededor caravanas de linieros y combatientes
de las FAR, con moto sierras en mano, se encargaban de las labores de la
recuperación.
José Vega, a pesar de sus años,
en La Asunción, por la carretera de Masi, después de recolectar algunas tablas
tras el paso del fenómeno climático, de inmediato se dispuso a levantar un
ranchito.
José Ramón Massanet Pons y
Sora Fernández Matos cuando los conocí, ambos estaban en su cuarto, tratando de
acotejar algunas de sus propiedades. El techo, no se sabe a dónde fue a parar.
En la pared un cuadro de Jesús y un crucifijo metálico. En los cincuenta años
que llevan viviendo en el caserío de Veril, en Maisí, nunca habían visto nada
igual.
A Bella Lidia Cuadro Matos
los fuertes vientos la sorprendieron junto a su hermana enferma en Baracoa. Allí
sintió y vio las primeras secuelas del paso del huracán. Pasaron varios días
para poder retornar a su casa en el caserío de Veril. No había forma de retornar,
la carretera estaba obstruida.
A ella la encontramos en
plena carretera tratando de llegar “como pueda” a su casa. Los hijos se habían
quedado a cargo de su custodia. Una conocida que se cruzó en el camino le dijo
que su casa estaba toda en el suelo.
El corazón latía más rápido
que de costumbre a medida que disminuía la distancia. Una pertinaz lluvia
volvió a humedecer la tierra roja. “Esa que estaba allí era mi casa” nos dijo
señalando con el índice en dirección a lo que quedaba de su hogar de madera.
Su hijo la abrazó fuerte,
muy fuerte y dijo en su oído “esto fue lo que quedó de la casa” y ella preguntó
por la máquina de coser y “la desbarató” fue la respuesta. Solo quedó intacto su
diploma como delegada a dos congresos de los CDR, una foto del general
presidente y un mono de peluche.
Los pies de Bella
recorrieron cada pedacito de lo que fue su casa. Sus ojos brillaban a punto de
dejar partir una lágrima. Su mirada pasó en un rápido paneo por algunos
calderos y jarros apilados, lo que fue un sofá y una de las camas del primer
cuarto que como “sobre cama” tenía una teja de fibrocemento. “Estamos vivos,
nos levantaremos” apenas susurró.
miércoles, 1 de junio de 2016
El niño que llevamos dentro.
Era digital. Niños con
tables, otros inmersos en los juegos de computadoras o prendidos a los ataris.
Los más veteranos, cuando se
enfrentan a la tecnología en muchos casos se auxilian de los nietos que son los
principales protagonistas de su época.
El recuerdo es inevitable y
vuelve el niño que llevamos dentro independientemente de la edad.
Fabricar una carriola o una
chivichana ponía en función a padres y abuelos. Lo primero buscar las cajas de
bolas y después la madera necesaria. Era como si disfrutáramos del carro último
modelo.
Jugar al rolin o kimbicuarta
lo mismo nos hacía perder que ganar. Los bolsillos abultados, a simple mirada,
nos daba la calidad del contrario, aunque la puntería a la hora de impulsar la
bola con el dedo pulgar era la decisiva. Y que decir cuando baraja por medio
varios eran los apostadores y al grito de ¡Arrebato manigüiti!, se imponía el más fuerte.
Los patines metálicos eran
como extensión a las botas. Enganchado varios de la parrilla de la moto de mi
amigo Bacallao formábamos una larga fila desafiando la velocidad y una posible caída.
La bicicleta 20 Niagara era como si formara parte de nuestras piernas. Para
donde quiera nos acompañaba.
Los trompos, el chucho
escondido, la viola, quimbumbia, el taco, eran otros de los entretenimientos.
Carmelo, humilde trabajador agrícola, con sus manos callosas y piel curtida por
el sol, en las noches hacía gala de sus artes manuales y fabricaba papalotes de
todo tipo de colores y tamaño, que luego empinábamos y combatíamos con las
cuchillas incluidas en el rabo, para disfrutar cuando el contrario iba a bolina.
Hasta coronel llegó hacer.
Otra de las faenas infantiles
era construir jaulas con palos de monte, ubicarlas en lugares idóneos, con cundeamor
como señuelo para cazar las palomas rabiche, las que su destino final era
asadas con limón y sal al pincho o simplemente con un cordel con lazo, amarrado
a una ramita, tratar de “pescar” a alguna lagartija para averiguar que tenían
adentro.
Una vez, la “tropa” del
barrio, nos propusimos recolectar varios sacos de yute para hacer un toldo.
Para adquirirlo, llegábamos a los portales de las casas o a la puerta calle y tratábamos
de obtener el que se usaba para la limpieza del calzado antes de entrar a las
casas. El objetivo era hacer un circo en el solar de la cuadra y pedir por la
entrada, un botón, para después cambiarlo por golosinas o pelotas al
carretillero que siempre recolectaba materias primas.
El número principal
consistía en una chiva, la cual se le puso una estola tejida con pompones y
todo, de la hermana del Vasco, el hijo de Incera, quien junto a Paquito Bilbao se encargaría de
hacer bailar al animal al compás de la “orquesta” de varios fiñes con latas y
palo.
Sorpresa cuando la hermanita
descubrió su estola y allí mismo se acabó el circo como la fiesta del Guatao.
No había celular, table o computadora, pero como disfrutábamos cada momento.
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