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miércoles, 28 de enero de 2015

Soldado de la palabra

























Desde pequeño hemos crecido con la imagen de Martí y la Edad de Oro. En las aulas hemos conocido de su prosa, de la fuerza de su palabra y de su incesante peregrinar por la libertad de su Patria. Sin dudas es un soldado de la palabra, para todos los tiempos.
Hace unos meses atrás, transitando por las carreteras de Holguín, aprovechando hacer fotos al paso, encontré una imagen de una casa de bloque sin repellar, el jardín colmado de matas de fruta bomba, plátano y flores, al lado de la verja, encima de una piedra, un rústico busto del Héroe Nacional José Martí.
Es grande su obra, lo mismo es admirado por los niños, un campesino o por un  afamado intelectual. Martí dejó de ser, hace muchos años, solo de Cuba, su prestigio y su prosa lo hicieron universal.
“No merece escribir para los hombres quien no sabe amarlos”; “Si el periodismo ha de ser un culto, que lo sea a la virtud; no debe hacerse de la pluma arma de satírico, sino espada de caballeros” escribió el Apóstol en su momento.
Él mismo define el periodismo, o al periodista, como un soldado de la palabra; es decir, alguien que está luchando con un arma que le es particular que es la palabra, la palabra escrita, la palabra difundida rápidamente, inmediatamente, efímeramente para defender una concepción humana.
Ignacio Ramonet, periodista, profesor universitario y reconocido Teórico de la Comunicación en la III Conferencia Internacional “Por el Equilibrio del Mundo”, en La Habana, el 29 de Enero de 2013, se preguntó:
¿Qué haría hoy el joven Martí para difundir sus ideas? Y yo pienso que si Martí tuviese hoy dieciséis años, digamos, sería sin discusión un bloguero, un facebuquero, un twittero. ¿Por qué lo afirmo? Porque todos sabemos que José Martí fundó a los dieciséis años su primer periódico, que se llamaba El Diablo Cojuelo. Lo fundó aquí, en La Habana, en la calle Obispo, el 14 de enero de 1869. Dieciséis años tenía, una precocidad excepcional, pero una precocidad que se entiende en un joven inquieto.
Y continuó Ramonet reflexionando: En el primer número de ese diario, en el editorial que escribía José Martí, de ese diario que el creaba a los dieciséis años, escribe Martí lo siguiente: “Nunca supe yo lo que era el público, ni lo que era escribir para él” -escribir para el público- “más a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve tampoco miedo de hacerlo”. O sea que ese joven de dieciséis años no tenía miedo de dirigirse al público, exactamente como cualquier adolescente joven de hoy, facebuquero o bloguero, o twittero que no tiene miedo de escribir para el público, para un público que desconoce; y no solo escribir, sino difundir fotos o videos en Youtube o en otras redes sociales. En eso, José Martí, como en otras cosas, era un joven moderno, era un joven de su tiempo, era un joven de la modernidad de su tiempo, porque en 1869, el periodismo, de hecho, estaba naciendo.

viernes, 20 de abril de 2012

EN NOMBRE DEL PADRE



En nombre del Padre, del hijo, y del ojo que mira
                                             “El ojo que ves, no es ojo porque lo ves,
                                               es ojo porque te mira”
                                                                   Antonio Machado

Y el ojo que mira se parapeta tras el brevísimo cristal husmeando el mundo, seleccionando, con la misma precisión con que el sultán escogió a la nueva concubina, con la misma soberbia de quien sigue, tras la mirilla, el andar silencioso del tigre.
Elige –con precisión, soberbia o ambas--, redistribuye distancias, sombras, intensiones, y, con un único y definitivo movimiento se burla para siempre de las dos únicas coordenadas que intentan poner orden en este mundo: el tiempo y el espacio.
Al minuto siguiente, ese anciano con cara de niño apresado, en la emulsión de plata, ya no estará alegre, no estará donde estuvo. Pero en el oscuro vientre de la Nikon, eternamente será un anciano que sonríe con cara de niño.
Olvidará el mapa que le condujo a aquella sonrisa, dejará de existir; mas eso qué importa. El encantamiento quedó hecho y en el rectángulo de papel la imagen seguirá viviendo, conociendo olores, manos y rostros que sobrevivieron al original.
Ese anciano con cara de niño se creía enviado de Dios. Pero solo el accionar del obturador pudo hacer el verdadero milagro: inmortalizarlo – y sin cruces ni corona de espinas--.
Tan potente es el sortilegio desatado por el hombre que mira, que también un día la imagen le sobrevivirá a él.
Solo un detalle, un pequeño detalle, se escapa a este destino irreversible. Sí, esta imagen del anciano perdurará por los siglos de los siglos, pero los hombres aún por nacer le conocerán sonriendo, únicamente porque el fotógrafo así lo quiso. Amén.

Esta joya sencilla, pero valiosa para mi, fue un regalo de una amiga en los tiempos de la fotografía analógica y por azar del destino volvió a mis ojos y quise compartirla con una foto recién sacada del vientre de la Nikon, solo que esta es digital.