Venía con su paso pausado, apoyándose con la mano derecha a
la baranda metálica que fungía como separador. Alrededor, la multitud coreando
consignas, elevando pancartas alegóricas, banderas cubanas, el 26 de Julio o de
diferentes países de cualquier latitud del planeta.
Vestía pantalón a cuadros de esos que causaron furor por los
finales de la década del 70 del pasado Siglo, combinado con una camisa verde
olivo desteñida, que perteneció en su momento a un uniforme de diario, de un
oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Del pecho colgaban varias medallas de distintos formatos y
de diferentes motivos. En la esquina de la solapa del cuello, el sello que lo
distingue como miembro de la
Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana.
Puede llamarse Juan, Pedro, Antonio, José, en fin. Quizás
fue del Ejército Rebelde, la Lucha Clandestina, de Girón, la Limpia del Escambray o
cumplió misión internacionalista saldando nuestra propia deuda con la Humanidad. No conozco su edad,
ni procedencia, pero desde que lo vi, no tuve duda que era un cubano de los de
a pié que quería hacer patente su apoyo a la Revolución, en la plaza, junto a su pueblo.








